Rayos y claros

Gerardo Zavarce, 2011

“[…] Si bajo la influencia del cielo hermoso y despejado de Venezuela creáis algún día una nueva
escuela de pintura, comparable, si no superior en belleza, a la italiana que hoy domina; si vuestros nombres están llamados a formar época, tened entendido que estas ventajas no serán fruto exclusivo de vuestro ingenio, ni del impulso secreto que quizás los impele hacia el ejercicio de la pintura, que también la sociedad habrá contribuido a sazonarlo abriéndoos la senda de vuestra ilustración”
Juan Manuel Cagigal, Discurso en la apertura de la escuela de dibujo, 1839.

“El cielo encapotado anuncia tempestad y el sol tras de las nubes pierde su claridad, oligarcas temblad, viva la libertad […]”
Anónimo, Himno de la federación,1859.

I. Paisaje y nación
El territorio, la geografía y la nación se vinculan a través del paisaje. Es decir, mediante la ‘dramatización, puesta en escena, de la naturaleza como escenario del devenir de la existencia’. Por tanto, se erige en éste una lectura estética y ética, poética y política. Un ejemplo, las ilustraciones del mapa físico y político de Venezuela encomendado por Agustín Codazzi (1793-1859), el militar, geógrafo y visionario italiano, al ilustrador y pintor venezolano Carmelo Fernández (1809-1887); así lo describe, en 1841, el propio Agustín Codazzi:

“El señor Carmelo Fernández adornó el mapa general con una hermosa viñeta que representa a Venezuela sentada sobre una roca a la sombra del plátano: corre a sus pies el majestuoso Orinoco, cerca de una gran peña en que están toscamente grabados los días de la regeneración venezolana y los nombres de las más célebres batallas de guerra de la independencia […] El tigre, el caimán y la tortuga caracterizan al Orinoco. La gran ceiba, las palmas, las lianas, las plantas parasitarias y otras muchas, indican la copia y variedad de riquezas que ostenta el reino vegetal en las tierras intertropicales. En las llanuras se ve el caballo cerril, símbolo de la independencia: la piragua que atraviesa el Orinoco indica la paz que reina entre las tribus indígenas que viven sobre aquel gran río, y el fondo de la perspectiva manifiesta nuestra grandes montañas y las nieves perpetuas que coronan la elevada sierra de Mérida”. (1)

Entonces, la joven nación llamada Venezuela se erige simbólicamente en su dimensión natural y cornucopia, reminiscencias de la tierra de gracia que impactó la mirada del navegante Cristóbal Colón durante su tercer viaje al nuevo mundo. Carmelo Fernández, de esta manera, refuerza el modelo que previamente había sido esbozado por el naturalista alemán Alexander von Humboldt para representar la naturaleza de la América equinoccial, tal como lo apuntó la investigadora Marie Louise Pratt: “la de la superabundancia de los bosques tropicales (el Amazonas y
el Orinoco), la de la montañas con cimas nevadas (la cordillera de los Andes y los Volcanes de México), y las vastas llanuras interiores (los llanos venezolanos y las pampas argentinas)”(2). Así, la imagen del territorio queda restringida a su representación en el contexto idealizado de la nación que emerge en el siglo XIX como una comunidad imaginada por sus élites ilustradas cuya tarea implicó, entre otras, construir el imaginario de una nación (3) que sólo existía como proyecto, más allá de la vasta extensión de sus territorios.

II. Habitar el paisaje
Sin embargo, la relación entre el territorio y la nación resulta un vínculo complejo y dinámico que va más allá de la representación idealizada del territorio en un sentido sublime o modernizante. Por ejemplo, en el caso de Venezuela sumergida ya en el siglo XX, la obra de Armando Reverón (1889-1954) implica un punto de quiebre que resulta particular y distintivo, sobre esta perspectiva sostiene el investigador Ariel Jiménez:

“[…] Reverón, ese hombre que con su obra y vida misma da la espalda a las grandes esperanzas modernizantes de la Venezuela de entonces […] constituye una verdadera conciencia crítica —la única tal vez de su época— que nos recuerda la pobreza y precariedad de nuestro medio, que nos obliga a ver esa parte de nuestro rostro que a menudo pretendemos ignorar, pero que nos rodea y acecha a cada instante, y es allí donde su obra se convierte para nosotros en una referencia fundamental”.(4)

De esta manera, la representación del territorio y sus vínculo con la nación, con el país, supone desde esta ‘conciencia crítica’ el dilema de habitar el paisaje, representarlo en su dimensión agónica y contextual. Sobre esta visión particular, el artista y geógrafo Claudio Perna (1938-1997) apunta: “el paisaje envuelve al hombre tal como la atmósfera envuelve a la tierra, el arte hoy es una nueva manera de construir paisaje” (5). Asimismo, Perna vislumbra en relación a los dilemas que envuelven al arte venezolano, que: “ […] Lo apasionante será ver si el nuevo arte emergente resuelve atender a ese país real, o a las ficciones de la cultura dominante” (6). El arte, en este sentido, se erige como una vía para aprehender la topografía del ‘país real’: habitado y contingente: el país, el país(aje). En el trabajo de Perna el gesto crítico reveroniano, asume una dimensión de otro signo: se vuelve conceptual, programático, autoreflexivo, colectivo y de vocación crítica transformadora, se convierte en: “arte sentimiento, arte pensamiento”. Lo que puede traducirse utilizando las propias claves del pensamiento de Claudio Perna como: paisaje sentimiento, paisaje pensamiento: una nueva geo-grafía: una nueva conciencia del paisaje.

III. Rayos y claros
Las indagaciones recientes del joven creador Camilo Barboza (Maracaibo, 1986) confluyen en el contexto de los dilemas actuales que se ciñen sobre la representación del paisaje como metáfora del territorio, por tanto, de la nación y los sujetos —en su dimensión individual y colectiva— que allí habitan. Las imágenes de Barboza reunidas a través del título “rayos y claros” dan cuenta de la perspectiva agónica, compleja y dinámica que implica reflexionar sobre estos tópicos desde la actualidad venezolana, tan agitada y telúrica, como las propias dinámicas regidas por la naturaleza.

La clave perniana esbozada para comprender el arte de estas latitudes ‘enfrentarse al país real’ supone, en el contexto de este trabajo: rayos y claros, la elaboración sigilosa de un pequeño relato testimonial que da cuenta, representa, desde la dignidad poética de lo visual, la fragilidad de la escenografía que constituye y con- forma la realidad como representación; es decir, como paisaje. No se trata de reconstruir el imaginario que conforma a la nación mediante su puesta en escena, desde formas visuales que impone un (gran) relato de dimensiones monumentales; la trama de sentido no persigue la impronta decimonónica de una naturaleza prodigiosa o de una Venezuela heroica, ornamentada mediante próceres de piedra y batallas inmóviles; sino por el contrario pretende mostrar sus quiebres, sus inconsistencias, sus debilidades, los andamios que apuntalan las frágiles estructuras de la patria, en palabras del propio Camilo Barboza: “las intervenciones sobre el paisaje, en sus diferentes perspectivas, emergen en este trabajo como rupturas, irrupciones; son parches que actúan y recortan la realidad modificándola”. (7) ¿Acaso significa este gesto una estrategia para resistir, o problematizar, la impostura de un paisaje tejido permanentemente desde un relato del devenir de la nación contradictoriamente inmóvil, que se ubica más allá del sujeto que la habita y de la naturaleza contingente que la contiene? ¿No radicará allí el quiebre de nuestra idea de nación, de nuestras identidades difusas, nuestras profundas inconsistencias como proyecto colectivo?

En este sentido, los objetos, fotografías intervenidas, pinturas, dibujos y collages, construyen una trama de significados que redefine transitoriamente la identidad del paisaje que nos alberga. Barboza elabora una nueva cartografía del territorio y, por tanto, una nueva escritura de la historia, de la geografía, que se ubica en la interpretación individual, subjetiva, marginal, próxima y cotidiana de la realidad. Rayos y claros (re)presenta: un pequeño relato personal, una grafía visual escrita desde la intemperie de un paisaje sin naturaleza prodigiosa, sin paraísos visibles, sin tierras prometidas: el paisaje contingente del país real (Claudio Perna) o aquella parte del rostro que pretendemos olvidar como apunta Ariel Jiménez a la hora de reflexionar sobre la conciencia crítica que implica el trabajo de Armando Reverón.

Entonces, hay evidentemente una dimensión poética y política en el reciente trabajo de Camilo Barboza,
un horizonte de signo trágico, una memoria que resiste, una pregunta constante sobre la naturaleza y el territorio que la contiene: el país y sus paisajes, nuestro agónico devenir que se muestra, más allá de su propia representación como paisaje, al transparentarse sutilmente; allí radica su valor como reflexión contextual y contemporánea. Rayos y claros representa la bitácora de viaje de un joven creador que construye el imaginario de un territorio a partir de los vestigios errantes y residuales de su propia memoria y conciencia del país(aje), el que le tocó habitar: vivir, el país que padece, o padecemos, al habitarlo, todos.

Notas:
(1)
Agustín Codazzi ([1845] 2001), “[descripción de la] portada del mapa físico y político de Venezuela, p.128.
(2)
Cit. por Margarita Serje, El revés de la nación: territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie, p.64.
(3)
Cfr. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo.
(4)
GAN, La invención de la continuidad, p.25.
(5)
Claudio Perna (s/f), Block Caribe, s/n.
(6)
GAN, Arte Social: Claudio Perna, p.18.
(7)
Camilo Barboza, entrevista realizada por Gerardo Zavarce, octubre 2011, inédita.

Rayos y claros
Carmen Araujo Arte
13 de noviembre al 23 de diciembre del 2011

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